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Anatomía de un berrinche: qué dice la ciencia sobre las pataletas | Colegio ÁlephColegio Áleph

Escrito por Admin | Feb 12, 2021 5:00:00 AM

Y cómo cortarlas de raíz antes de que empiecen.

La hija de seis años de LeAnne Simpson había hecho muchos berrinches antes de la pandemia. Pero, luego de algunas semanas de encierro, las frustraciones menores se convirtieron en un drama, la niña gritaba tirada en el suelo.

“Primero, se frustraba tanto que no podía ni hablar”, dijo Simpson. “Luego empezaba a gritar, se tiraba al piso y rodaba sacudiendo los brazos, muchas veces también me pegaba o me pateaba si me le acercaba”.
Simpson probó todas las estrategias que pudo para calmar los berrinches, desde poner música suave hasta ofrecerle un bocadillo y apretujar a su hija entre cojines del sillón (una técnica para tranquilizar que recomiendan algunos terapeutas).

Pero nada funcionó salvo sentarse ahí cerca, a veces consolándola con palabras o caricias. Después, Simpson le preguntaba a su hija qué la había hecho enojar tanto. “Siempre decía que no sabía”, contó Simpson.
Los arrebatos en niños pequeños son una respuesta fisiológica común pero compleja relacionada con el sistema cerebral de detección de peligro. Durante la crisis es bueno que los padres entiendan qué está pasando bajo la superficie, luego hay que mitigar la “amenaza” al establecer una sensación de seguridad.

La fisiología de un berrinche
Según R. Douglas Fields, neurocientífico y autor de Why We Snap: Understanding the Rage Circuit in Your Brain, una rabieta involucra a dos partes del cerebro. La amígdala procesa emociones como el temor o la ira, mientras que el hipotálamo, entre otras cosas, controla funciones inconscientes como el ritmo cardiaco o la temperatura. Piensa en la amígdala como la alarma de incendios del cerebro y el hipotálamo como alguien que está decidiendo si debe echarle agua o gasolina al fuego, pero con hormonas como la adrenalina y el cortisol.

Cuando tu hija de repente comienza a gritar porque tiene que dormir sola en su cuarto durante la noche, es probable que no quiera hacerse la difícil de manera consciente: su amígdala detectó una amenaza y su hipotálamo le detonó la corajina.

Durante la reacción de estrés, tu hijo podría presentar un ritmo cardíaco acelerado, sudoración en las palmas y músculos tensos (o simplemente unas ganas incontrolables de golpearte). Por mucho que quieras razonar con tu hijo enloquecido, no esperes que te escuche. Para empezar, la reacción de estrés puede ofuscar la capacidad de por sí limitada de un niño para autocontrolarse, una función que suele asociarse con la corteza prefrontal, o CPF.

“Cuando hay un incendio en tu hogar, no te quedas sentada y pensando, lo ideal es que tu cuerpo reaccione a todo vapor para que escapes”, dijo Carol Weitzman, pediatra especializada en desarrollo conductual y codirectora del Centro del Espectro Autista en el Hospital Infantil de Boston.

Con un poco de reflexión lógica, los adultos pueden detener una reacción de estrés. “Cuando estás manejando en la autopista y otro automóvil se mete en tu carril, y la sangre te empieza a hervir, es tu corteza prefrontal la que te permite pensar: ‘A ver, no tengo que actuar de esta manera’”, explicó Weitzman.

Pero la corteza prefrontal no se desarrolla del todo sino hasta la edad adulta y, de acuerdo con Fields, la inhibición y el control de impulsos son de las funciones más complejas de la CPF: “Así que cuando intentas razonar con un niño, estás apelando a una parte del cerebro que aún no funciona del todo”.

Mary Margaret Gleason, psiquiatra de niños y adolescentes en el Children’s Hospital of the King’s Daughters en Virginia y consultora en la Universidad Tulane, compara las rabietas de los niños con una olla de agua hirviendo, y la CPF con la tapadera. “En esos momentos, la intensidad de la emoción sobrepasa la capacidad del niño para reconocerla, así que las emociones llegan a ser más fuertes que la tapadera”, dijo.

Por fortuna, con tu cerebro ya desarrollado, puedes ayudar a tus pequeños a tapar la olla durante un momento de crisis usando tu propia corteza prefrontal como sucedáneo.

Primero, controla tus emociones
Antes de conectar con tu hijo enojado, es útil que primero regules tu propia reacción al estrés, dijo Lisa Dion, terapeuta de juego y fundadora del Instituto de Terapia de Juego Sinergético en Boulder, Colorado.

Si tu hijo no corre ningún peligro, sal de la estancia para respirar profundo o desahogarte con tu pareja, lo que sea que necesites para reducir tu frustración.

Esto, de acuerdo con Katie Rosanbalm, una investigadora científica sénior en el Duke Center for Child and Family Policy, te permite usar tu temperamento tranquilo para calmar a tu hijo.

No está del todo claro el funcionamiento de esto: quizá haya varios componentes fisiológicos, pero es probable que tenga que ver con las neuronas espejo, que son células cerebrales que se activan al ver el comportamiento de otras personas. Por ejemplo, ver a alguien correr al parecer activa una región cerebral parecida a cuando uno mismo corre.

La investigación sobre las neuronas espejo en niños es escasa, y todavía hay mucho por aprender. Pero lo que sí saben los científicos sobre este grupo de células cerebrales podría a ayudar a los padres a entender cómo sus reacciones influyen en los niños pequeños (y tal vez incluso en los recién nacidos).

Por ejemplo, se ha encontrado que las neuronas espejo no solo están en las áreas motoras del cerebro, sino también en las áreas que tienen que ver con las emociones. La misma parte del cerebro que se activa cuando estás feliz también podría activarse cuando ves a otros felices.

“Así que tu hijo quizá no solo hace lo que tú haces, sino que siente lo que tú sientes”, dijo Marco Iacobini, neurocientífico y profesor de ciencias de la biología del comportamiento en la Universidad de California, campus Los Ángeles.

Luego, guía la reacción de tus hijos
También es importante que acompañes tu calma emocional con señales que transmitan calidez y empatía, para indicarle a la amígdala de tu hijo que no hay peligro, según explica Rosanblum: “La amígdala deja de enviar la señal de alarma, lo cual hace que se detenga la avalancha de la respuesta al estrés”.

En el proceso de tranquilización, concéntrate más en tus acciones que en tus palabras: tus hijos pueden calcar tus emociones con tan solo ver tu comunicación no verbal, como tu postura corporal, el tono de tu voz y tus gestos.

Charles Nelson, profesor de pediatría y neurociencia en la Escuela de Medicina de Harvard y el Hospital Infantil de Boston, sugirió agacharte y hacer contacto visual con tu hijo durante el berrinche, lo que demuestra que lo escuchas y lo atiendes.

Mientras que a algunos niños molestos les puede gustar el contacto físico de un padre, a otros les puede resultar abrumador.

También puedes animar a tu hijo a que se tranquilice con otro tipo de estrategias sensoriales tranquilizantes. Ofrécele un juguete como un fidget spinner o un Silly Putty, pídele que empuje contra la pared o simplemente anímalo a que respire lenta y profundamente. Pero intenta introducir estas habilidades de afrontamiento antes de que se produzca una crisis, para que pueda manejar un berrinche por sí mismo una vez que ocurra.

Por último, valida las emociones de tus hijos
No le expliques al niño por qué debería calmarse; esto rara vez funciona cuando el estrés está a todo lo que da.

Una vez que la corteza prefrontal de tu hijo vuelva a estar en funcionamiento (que de cualquier manera a esa edad no está desarrollada del todo), ayúdalo a hacer una narrativa sobre su disgusto. Shanna Donhayser, terapeuta familiar y de niños, sugirió validar cuán difícil fue el momento en cuestión y a repetir lo que pasó.

“Luego recuérdale a tu hijo que ambos están bien y que aún pueden llevarse bien”, dijo. “Que sigues estando ahí para él”.

Tras agotar todas las técnicas de comportamiento que conocía, Simpson intentó concentrarse en conectar con su hija durante las crisis en lugar de intentar cambiar su comportamiento.

En la primavera, cuando su hija tuvo un berrinche por la cantidad de fresas en su tazón justo antes de que ella tenía que conectarse a una reunión de clase virtual, Simpson mantuvo a su hija de seis años cerca mientras trataba de permanecer tranquila.

Fue entonces cuando su hija logró articular lo que realmente le molestaba: no era la fruta, dijo; en el fondo, estaba triste por no poder abrazar a su maestra. Las dos lloraron juntas y se abrazaron y luego siguieron adelante con su día.

“Las rabietas de mi hija me drenaron cada onza de vida”, dijo Simpson. “Pero al final, nos entendimos mejor y nos acercamos más”.

Fuente: The New York Times – Ashley Abramson es una escritora independiente que vive en Minneapolis, Minnesota.